Mio güela, una sección en la que diversas personas hablan de sus abuelas.
Mi abuela Nedi era una mujer fuerte a la que conocí en sus años más débiles, pero que seguía teniendo el empuje de una personalidad de hierro. Con la juventud truncada por la Guerra Civil, entre su Xixón natal y el Llastres familiar, recordaba de forma vívida los bombardeos de la ciudad. Era una mujer profundamente marcada en sus costumbres por la posguerra, como toda una generación. «¡Acompaña con pan!», me decía cuando de niño era malo y no acompañaba con ello las comidas. En casa, mi padre siempre cuenta que era costumbre, todavía en los años setenta, empezar la comida con el pan duro del día anterior, para poder acceder a la barra del día. Nada podía desaprovecharse en casa.
Nedi había estudiado en la Escuela de Comercio de Xixón hasta la Guerra y después asumió el papel que el régimen reservaba para las mujeres, gestionando la casa con un control total sobre las cuentas, que tenía fama de gestionar muy bien, pues pagó la hipoteca antes de terminar el plazo marcado. Ser una mujer fuerte no impedía que fuera muy sensible. Se recuerda en la familia cómo al cambiar de casa y cuando iban a firmar la compra del piso nuevo, la noche anterior, ella estaba llorando. Mi abuelo Poldo le preguntó qué le pasaba. El cementerio del Sucu se veía por una ventana. No compraron aquel piso al final.
Había conocido a mi abuelo Poldo y, aunque los dos vivían en Xixón, en el Llastres familiar de los dos, en una fiesta de San Roque y al lado del silbido de la quema del Xigante. Nedi tenía fama de ser muy estricta en el cortejo y de que soltaba alguna que otra bofetada a los llastrinos que se arrimaban más de la cuenta bailando.
Conocida por su sinceridad aplastante, no huía del conflicto o la discusión si de decir la verdad se trataba. Su temperamento hacía que fuera habitual en ella la expresión «¡Chinflos de gaita!», cuando se le llevaba la contraria o no se le hacía caso. Lo que más le gustaba era hacer trajes para las muñecas barriguitas y tejía unas mantas preciosas. En verano iba a la playa de San Llorienzo, donde compartía caseta con otras familiares.
En los últimos años la enfermedad fue impidiéndole ir a la caseta, hacer vida normal, la movilidad y hasta la capacidad de hablar, que fue perdiendo hasta la totalidad mientras se encogía y se iba apagando. En los últimos meses de su vida, cuando ya no era capaz de articular palabra, mi padre, que se iniciaba entonces en el mundo de la cocina, preparó en casa de mis abuelos una merluza al horno con desastroso resultado. Aunque le costaba bastante sacar una sola palabra, cuando mi padre le preguntó qué le parecía la merluza, sacó fuerzas para decir las que después serían las últimas palabras que pudo pronunciar: «Esto es comida de cerdos». La carcajada fue general y ella sonrió. Todavía es un recuerdo bonito que resuena cuando le sale mal un plato a mi padre, y que nos hace recordar a mi abuela y su carácter. ¡Cuánto la echamos de menos!
Inaciu Galán


