En la madrugada del 10 de agosto de 1977, un joven fue autor de un robo en la Cámara Santa de la Catedral de Oviedo, en el que resultaron gravemente dañados los tesoros que en ella se guardan. En el acto, el ladrón se apoderó de la Cruz de los Ángeles, la Cruz de la Victoria y la Caja de las Ágatas.
Estos tesoros fueron desguazados en el mismo lugar, llevándose consigo las piedras, ágatas, camafeos y oro. El alma de madera de la Cruz de la Victoria y la Caja de las Ágatas (totalmente desprovista de sus joyas) quedaron allí abandonadas en un estado lacerante.
El suceso conmocionó a la opinión pública, dada la importancia histórica de los tesoros. Las autoridades eclesiásticas y civiles se atribuyeron mutuamente la responsabilidad y rechazaron haber cometido errores en su custodia. A la semana siguiente, una manifestación que reunió a unas 3.000 personas recorrió las calles de Oviedo. El azar, sin embargo, se mostró relativamente propicio y el 19 de agosto fue detenido un individuo al atravesar la frontera con Portugal.
Al intentar huir, abandonó una bolsa donde se encontró parte de las piedras robadas y una buena cantidad de oro. Después aparecerían otras dos bolsas con más piezas, lo que permitió recuperar gran parte de lo sustraído.


