Llevo ya, sin darme cuenta, casi un año dedicándome a escribir de manera profesional. Escribir de manera profesional supone intentar «manipular» los sentimientos de quien te lee: provocar tristeza, nostalgia, risa, o, simplemente, deseos de comprar algo. Pero hoy vuelvo a hacer algo que tenía olvidado desde hace ya tiempo: escribir desde el corazón. Y lo hago recordando a alguien que dejó una huella que ella misma no se creería lo difícil que es llenar desde que se fue: la de mi abuela Pilarín.

Hablar de Pilarín no es hablar de esa abuela que siempre te ve guapo. Comentarios como «vaya… engordaste…» o «¿Por qué no callejeas un poco más por ahí?» eran bastante comunes y, aunque ahora me hacen sonreír, reconozco que oírlo me daba bastante rabia. A pesar de esa aspereza, era de esas personas que te demuestran su cariño a la hora de la verdad: llegando a acogerme durante los cinco años que estuve estudiando la carrera, durmiendo en su casa. No sé por qué, pero el primer recuerdo que me llegó de ella cuando supe que se había ido de este mundo fue el de ella apareciendo en mi cuarto a las seis de la mañana con un chocolatito caliente y unas galletitas María a las seis de la mañana.

Retrato de Pilarín, la abuela del autor

Esa mezcla entre aspereza y amabilidad por su parte hacían de ella un personaje único. Ninguna historia refleja esa personalidad suya como la historia de cómo conoció a mi abuelo. Para mí, la historia de amor verdadero más bonita que conozco (y la única, para qué engañaros). Mi abuela trabajaba de costurera con una amiga en algún rincón de Villaviciosa (aunque ella era de Colombres) y tenía dieciocho años. Por la ventana vio a un chico de veintipico que se dedicaba a guarda forestal vestido de traje mientras transportaba la madera. «Mucho miras para ese chaval, ¿te gusta?», «No… lo miro porque no sé qué sentido tiene trabajar la madera con traje», «Yo lo conozco. Es un chaval que vino de Palencia. Igual te lo presento…», «¡Vaya, ho! Cazurro tenía que ser». Cuando quiso darse cuenta, esa amiga los lió para tener una cita que, aún en sus últimos años, mi abuela jura que no quería. Esa aspereza mezclada con amabilidad conquistaron a aquel cazurro que, en palabras de él mismo, descubrió lo que significaba la felicidad el día que la conoció.

Pilarín se hacía la débil a menudo, pero con una fuerza mental asombrosa. Sobreviviendo en salud física y mental a la muerte del amor de su vida, sin él tuvo que aprender a vivir casi veinte años y a perder una hija, el dolor más fuerte que tiene que soportar un ser humano. Cuánto echo de menos los chocolates e incluso más, los piques para hacerme rabiar. Siempre me va a quedar aquella nota en asturiano «como a mí me gusta» que decía «De la to güela que nun te quier ná. Yo a ti tampoco güelita.

Concejo
Villaviciosa
Sección
Curiosidades
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