Las primeras veces que conoces a alguna persona no cuentas con lo que te puede deparar ese conocimiento; lo bueno es que tenga la capacidad de hacerse oír y, en el caso de esta historia que voy a relatar, la tiene.

Después de vernos las caras a menudo, llega un día que sin saber por qué, saludas. La respuesta fue agradable, mostrando una cálida sonrisa; responde parando su marcha, es lo que se necesitaba para empezar la conversación.

Hombre mayor, charla amena y con una mirada clara, de esas miradas que de entrada dan confianza. Sin pensarlo, en un sentido natural seguimos andando juntos. Me acuerdo de que el primer cambio de impresiones fue el normal, del tiempo, sin saber por dónde iba a tirar la charla:

-Vine sin paraguas, y esto no pinta bien. Lo dijo mirando lejos, como adivinando lo que iba a hacer el tiempo.

-Nada, nunca llovió que no escampara, respondí con la típica frase hecha.

Andando emparejados, despacio, seguimos caminando en dirección al Rinconín; me di cuenta de que mi paso no se adaptaba al de él. Mi costumbre es caminar a 4,5 km/h, por tanto, el de él era sobre los 3 o incluso menos. Me adapté rápido bajando mi control de velocidad y seguí a su marcha y a la de su conversación, que pintaba mejor que el tiempo.

Sin darme cuenta, mi paso por momentos arreciaba y cogía la velocidad de la costumbre, lo dejaba detrás de mí por un metro o más, hasta que caía en la cuenta y esperaba a emparejarme de nuevo con él. Pensé: este es uno de esos mayores a los que ni yo ni nadie va a ser capaz de cambiarle el paso, y es verdad. Una persona cabal y que lo muestra en todas las facetas. Después de cientos de kilómetros, miles de pasos, cien cafés y hablando de lo celestial y lo terrenal, queda clarísimo, principalmente en lo que atañe a sus experiencias de vida, a sus historias, y al sentido de contarlas.

J. Ramón F. M., 1944. Nacido en El Truébanu, parroquia de Riberas, Sotu’l Barcu, y vecino de Xixón desde hace más de 60 años. Está casado y tiene dos hijos. Dice que no es por presumir, sin embargo, cuando habla de ellos no corre el tiempo y, de su nieto, como una bocanada de aire fresco que lo llena por dentro.

Después de charlar horas te das cuenta de la vida intensa, no solo lo que está ligado a lo profesional, a la vida cotidiana. Atender el negocio, a sus abuelos, padres e hijos, con el apoyo de su mujer, si no era imposible, y también la casería. Muestra el saber de la persona, su evolución y sus experiencias que relata, mostrando del todo la influencia que tuvieron en su vida.

No es sencillo que cuente sus intimidades, aunque la admiración por su abuelo materno, Ramón, no deja lugar a dudas; lo cuenta contento, sin reparos. El cómo cuenta la llegada a España de Ramón, a su casa después de estar embarcado y de recibir el aviso de que su madre estaba mala y volver de Estados Unidos, que tenía embarcados otros dos hermanos más y llegó para cuidarla y al final para darle futuro a la casa.

Llegó con la maleta bien cuidada; J. Ramón cuenta orgulloso que a su abuelo Ramón -«No se le cayó la maleta al agua». La casería era de renta, extensa y abundante y fue capaz de comprarla; antes ya se había operado la madre en el Sanatorio Miñor, en Uviéu, un privilegio en aquellos tiempos, en los primeros años del siglo XX.

Ensalza que su abuelo Ramón era una persona cultivada, trajo libros, y leía la prensa diaria que le traían a casa. Dice bajito, para que no lo escuche nadie, en el sentido de esas personas que vivieron también en otros tiempos, que: -Era republicano y ponía la oreja en las emisoras de radio extranjeras en sus emisiones de informativos en castellano. Con el tiempo y el cariz que tomaron aquí las cosas, se puso de lado, cuando la yesca y las cerillas asomaron por las capillas. Sin disimulo, se ve el orgullo que siente al hablar de su abuelo y, del todo para él, una referencia.

Preguntarle las intimidades no me atrevo, ni es el objetivo, solo aquello que va surgiendo en un contexto de interés para el relato; lo del relato surgió después. Al principio no fue más que un contacto de paseantes, en el que las andanzas personales cogieron un papel importante en la comunicación, que a resultas de una buena afinidad personal se fue desarrollando.

Es interesantísimo oír su primer recuerdo de vida, o de los primeros. Se supone que en el año 1947 llegó su padre, José, licenciado del servicio militar. J. Ramón tenía tres años; seguro que en casa ya le habían dicho que iba a llegar su padre, y llegó.

El niño, J. Ramón, estaba jugando solo delante de casa y de repente ve venir a un hombre, trae una maleta en una mano y un saco al hombro; se da cuenta de que debe ser su padre. No sabe qué hacer ni lo piensa, corre a todo lo que da, se esconde tras la puerta cuarterón de la entrada de casa. Ahí se acaba ese primer recuerdo de niño.

-No me acuerdo de más. -No sé cómo me puso los ojos encima, no sé cómo me agarró, no sé si lloré yo o lloramos los dos…

Los abuelos de J. Ramón, Ramón y Lucía, tuvieron tres hijas, se dedicaron a la ganadería y a la agricultura y apoyaron a sus padres. Después se hizo cargo de la casería su hija Celsa, madre de J. Ramón, que casó con un joven, José, de Reznera, concejo de Candamu. Este joven, al entrar en filas para ir al servicio militar, solicitó librar por ser sus padres, Feliciano y Herminia, mayores de 60 años, que era como estaba legislado entonces; atendieron la solicitud y libró.

El caso es que José tenía edad para casarse y como tenía novia, Celsa, madre de J. Ramón, se casó; por tanto, las cosas salen en el sentido en que menos se esperan. Fue denunciado por casarse y, según la denuncia, no iba a poder apoyar a sus padres y al final tuvo que ir al servicio militar. Cuando vino licenciado ya tenía un hijo que hablaba, que corría más que él y apenas por una foto lo conocía, a la vez que se curaba de una honda herida en el corazón. Ahora libre del servicio militar, tenía la medicina para reanimarse.

Cuando un hombre habla de su vida y quiere contarla y describirla y lo hace con un brillo en los ojos, lo hace con orgullo y sentimiento. Orgullo de todos los abuelos y los padres, que le dejaron el amor por el pueblo, por la casería y por todo lo que consiguieron como trabajadores, lo que se preocuparon por sus hijas y por él.

J. Ramón fue a la escuela pública hasta los 12 años a Reznera, el pueblo de sus abuelos paternos y fuera de hora, la maestra del pueblo, que habitaba en la casa de sus abuelos, lo preparó en clase particular y a los 12 años se presentó al examen de nivel para ingresar en el bachiller, aprobando el ingreso, primero y segundo. Después hizo el bachiller en Riberas, en academia privada.

Mientras va contando su infancia, volviendo en el tiempo, hace memoria. Se acuerda de los días en clase de bachiller, que se la daba el cura de la parroquia que era el director y tres profesores más. Llevaba la comida, aunque solo el segundo plato, el primero se lo daban allí. Algunas veces iba una viuda, que hacía labores de catequista, a despachar con el cura. Cuenta con cara de gracia tirando a picarona, que en el recreo, cuando salían todos los niños fuera de clase a jugar, de cuando en cuando se agarraban uno al otro, se aupaban, para alcanzar a mirar hacia dentro por la ventana, para ver qué hacían en la sala la viuda y el cura. Nunca llegaron a ver nada de lo que sus mentes imaginativas y poco inocentes, de niños, trataban de averiguar.

Bien asentado en el recuerdo está cuando llegaba a casa; en invierno era de noche. Después de cenar, había la costumbre de leer; era su tía Otilia la que leía, sentada en la ventana donde estaba la luz del candil que la alumbraba y con los pies puestos en el banco de madera. Leía poesías de Espronceda y de Ramón de Campoamor. Todavía hoy J. Ramón recita de memoria: -Tres cañones por banda, viento en popa, a toda vela, no corta el mar, sino vuela un velero bergantín…

También se acuerda de que era él quien tenía el cargo de preparar el candil con el carburo, hasta que llegó la luz eléctrica… y la radio, cambiando las costumbres, pasando a ser el centro de las noches.

Acabó el bachiller de adolescente y fue a Xixón con unos tíos a aprender comercio; se puso en sociedad con sus tíos en un comercio de alimentación. Fue un adelantado emprendedor y antes de ir al servicio militar ya se quedó con la sociedad. Fue en ese momento cuando trajo a Xixón a sus padres y sus abuelos; al poco tiempo ya se incorporó al servicio militar, en la marina, casi dos años en Cartagena, y mientras tanto siguieron sus padres con el negocio.

Vino en tren varias veces de permiso, echaba casi dos días de viaje, haciendo noche en Madrid. Lo mejor de la mili, con cargo de Cabo 1º, los amigos, alguno para toda la vida. Volvió para seguir con el negocio familiar, cambió de barrio para ampliar las posibilidades de la actividad. Falta hacía: había que pagar cuatro cuotas de autónomos.

Historias humanas de trabajo y sacrificio, horas de trabajo, tantas quitadas al sueño. Libretas con cuentas ganadas, cuentas perdidas y pendientes con miserias encontradas y favores no correspondidos. Madrugones a diario para sacar tiempo de donde no lo había, con la ayuda de toda la familia y si tenían un día, era para cuidar la casería.

Mientras, va contando andanzas del negocio y de aquella deuda pendiente de un matrimonio de una etnia conocida: cuando pudieron reunir el dinero, se presentó a pagar la mujer, muy agradecida, y por la tarde se presenta a pagar la misma deuda el hombre, que no lo sabía. Y una mujer que compró un lacón, que había oído que estaban muy buenos, vino a protestar, porque no les gustó asado. No lo había llevado fresco, lo llevó salado.

Contar andanzas de joven y de la infancia entre café y café, estando en el otoño de la vida, le hace vivir aquellos veranos casi olvidados, de andar de picos pardos, de picar de flor en flor, de fiestecita en fiestecita… hasta que conoció a Tina.

Y con la memoria refrescada vuelve a la estación de la primavera a contar historias de niño. Tenía que andar de pueblo en pueblo, desde El Truébano a Reznera, el pueblo de su padre José, para ir a ver a los abuelos, Herminia y Feliciano. Tenía que cruzar un bosque empinado, El Molar, un pinar.

En su casa no eran de tener miedo a nada; su abuelo creía en pocas cosas, ni brujas, ni demonios, ni fantasmas y menos lo que no veía; J. Ramón no era miedoso. El caso es que para ir a Reznera, antes tenía que pasar por un lugar llamado el Llaunón. Una mujer mentecata que lo veía pasar, si le metía miedo…

-¿Adónde vas por ahí, neñín? ¿Vas a pasar por el Llaunón de los muertos solo?

Después de oír a la mujer, pensativo y sin decir palabra sigue andando solo para Reznera, para ver a los abuelos. No se acuerda si había calor o no, sin embargo, en lo empinado del bosque el Molar calentaba. Dentro del pinar oye restallar, se para, se inquieta, tas, tas, tas… muchas veces ese sonido recurrente. Entonces sintió lo que es el miedo, fue el único día que dio la vuelta con temor. Con el tiempo pudo saber qué eran los: tas, tas… Estaban abriendo las piñas.

Al parecer en ese lugar, Llaunón, después de la guerra, según dichos de la gente y que fue agrandándose en el tiempo, por causas desconocidas y por la creencia popular, políticas. Ello es que un matrimonio venido de fuera, dicen que de la cuenca minera, hicieron un pozo, se metieron dentro los dos y con dos tiros acabaron con sus problemas. Ahí empezó la leyenda de los muertos de Llaunón, que todavía se mantiene viva.

Anécdotas de niño, de joven, de la empresa. Al final historias asentadas, raíces de vida que hacen vivir para siempre en la memoria, mezcladas con otras que recuerdan un sentir que nos hacen así. Recordar aquello que quieres mirando adelante, con nostalgia.

Con una motivación especial vuelve a su infancia, quiere dejarla ahí en el baúl de los recuerdos y compartirla. Mantener el espíritu encendido para conservar la historia del pueblo, de su casa, que no caiga en el olvido, transmitir a los suyos las historias de la familia. Cuando llega su nieto a casa, se enciende la luz. Le enseñó a injertar manzanos y le cuenta historias del pueblo, de esfoyaces. Era una reunión de los vecinos de todo el pueblo. Los jóvenes los que ensartaban las panojas de maíz, las chicas alcanzaban, mientras se cantaban canciones populares y al terminar de esbillar… canta Ramón canta, era el momento culminante, que todos los años se repetía; Ramón tenía que cantar ópera, así lo hacía desde que llegó de Estados Unidos, donde descubrió que tenía las cualidades. Y una fiesta para poner el ramu, repartiendo para todos, bollinas.

-¿Por hoy ya está bien, no?, dice J. Ramón con la memoria refrescada. -Que voy a comprar fruta, que viene el profesor a comer. -Y guarda ese billete, que para estos cafés tengo suelto yo.

Damos la charla por acabada. J. Ramón pone cuidado en que no se le olvide nada.

Sin renegar de la edad ni de la vejez, con los pies puestos en la tierra, no deja que la herrumbre destroce la calamiyera, con las trébedes puestas en su sitio como siempre lo viera. De vez en cuando no se le olvida tener el horno caldeado para hacer una hornada, y cuando llega el nieto, los dos van a cuidar el manzano, que con un garfio le enseñó a injertar. Cuida de dejar la agarradera de su abuelo donde estaba; donde se agarraba su padre ahora se agarra él, para subir esta escalera.

Concejo
Candamo · Caso · Gijón · Oviedo · Soto del Barco
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Cultura
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