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El origen del antroxu asturiano

El Antroxu, nombre con el que Asturias designa al Carnaval, es una de las celebraciones más arraigadas y singulares del calendario festivo asturiano. Aunque hoy se asocia a desfiles multitudinarios en ciudades como Avilés, Xixón o Uviéu, concursos de disfraces y charangas, sus raíces se hunden en un pasado mucho más antiguo, vinculado tanto a tradiciones europeas precristianas como a la posterior organización del calendario litúrgico cristiano. El Antroxu no es una invención reciente ni una simple adaptación moderna del Carnaval global: es la expresión asturiana de un ciclo festivo con siglos de evolución.

El propio término ofrece una pista sobre su origen. “Antroxu” —con variantes como antroxo, antroiro o antroido según las zonas— procede etimológicamente del latín introitus, que significa “entrada”. El sentido original de “entrada” alude a la antesala de la Cuaresma: el Antroxu marca la entrada en el periodo litúrgico que comienza el Miércoles de Ceniza y se prolonga durante cuarenta días hasta la Pascua.

Sin embargo, reducir el Antroxu a una simple antesala de la Cuaresma sería simplificar en exceso su significado histórico. Como ocurre con otros carnavales europeos, su origen se vincula a celebraciones anteriores al cristianismo relacionadas con el final del invierno y el inicio del ciclo agrícola primaveral. Diversos estudios antropológicos sobre fiestas de invierno en la cornisa cantábrica —publicados en revistas especializadas y recopilaciones del Real Instituto de Estudios Asturianos (RIDEA)— subrayan que las mascaradas rurales, los disfraces con pieles y la inversión simbólica del orden social eran prácticas comunes en rituales de renovación estacional. Aunque no existen documentos escritos que describan un “Antroxu” prerromano o celta en Asturias, la pervivencia de elementos similares a los del Entroido gallego o a carnavales tradicionales del norte de Portugal y Europa occidental sugiere una continuidad cultural en el ámbito atlántico.

Uno de los rasgos más característicos de estas celebraciones era la máscara. En la Asturias rural, hasta bien entrado el siglo XIX, los participantes se cubrían el rostro con hollín, carbón o telas, o utilizaban pieles de animales y atuendos grotescos. Estas prácticas no eran meramente lúdicas: permitían ocultar la identidad, romper temporalmente las jerarquías sociales y dar rienda suelta a la sátira. El anonimato facilitaba la crítica a vecinos, autoridades o figuras públicas en clave humorística. En este sentido, el Antroxu compartía con otros carnavales europeos esa función de válvula de escape colectiva, un espacio de transgresión tolerada antes del retorno al orden.

Con la consolidación del cristianismo en la Península Ibérica, muchas de estas fiestas fueron absorbidas y reinterpretadas dentro del calendario litúrgico. La Iglesia no eliminó completamente las celebraciones, pero las encuadró en los días previos a la Cuaresma, un periodo de penitencia, ayuno y abstinencia. El Carnaval se convirtió así en el tiempo del exceso antes de la moderación. La propia palabra “carnaval” se ha relacionado tradicionalmente con la expresión latina carnem levare o carne vale, aludiendo a la despedida de la carne antes del ayuno cuaresmal. En Asturias, el Antroxu asumió ese mismo papel: días de comida abundante, burlas y disfraces justo antes de la contención religiosa.

Las crónicas locales y testimonios recogidos por historiadores asturianos muestran que en el siglo XIX y principios del XX el Antroxu tenía un marcado carácter popular y rural. Grupos de jóvenes recorrían aldeas y barrios pidiendo aguinaldo, cantando coplas satíricas o realizando pequeñas representaciones. Personajes tradicionales como las “guirrias” en el oriente asturiano o los “zamarrones” en otras zonas encarnaban esa mezcla de máscara, ruido y teatralidad que caracterizaba las mascaradas de invierno. En las ciudades, el Carnaval también adquirió relevancia, con bailes organizados en sociedades recreativas y teatros, reflejo de una burguesía que adaptaba la fiesta a nuevos espacios urbanos.

Como en el resto de España, el siglo XX trajo interrupciones. Durante la Guerra Civil y la dictadura franquista, muchas celebraciones carnavalescas fueron prohibidas o severamente limitadas por considerarse contrarias a la moral oficial o generadoras de desorden público. En varias localidades asturianas, el Antroxu desapareció prácticamente del espacio público durante décadas, aunque en algunos pueblos persistieron formas discretas de celebración. La recuperación comenzó en los años setenta y se consolidó en los ochenta, coincidiendo con la transición democrática y el renacer de las identidades culturales regionales. Ayuntamientos y asociaciones vecinales impulsaron desfiles, concursos y actividades que devolvieron al Antroxu su visibilidad masiva.

Hoy el Antroxu combina tradición y modernidad. En Avilés, por ejemplo, el desfile de carrozas y comparsas es uno de los más concurridos del norte de España. En Gijón y Oviedo se celebran concursos de charangas, fiestas infantiles y el simbólico “entierro de la sardina”, acto que parodia un cortejo fúnebre y marca el final del Carnaval. El Jueves de Comadres, jornada en la que tradicionalmente las mujeres se reúnen para cenar y celebrar juntas, mantiene también un fuerte arraigo en varias localidades. La gastronomía sigue ocupando un lugar central: frixuelos, picatostes y platos contundentes forman parte del imaginario culinario de estas fechas, evocando el antiguo exceso previo al ayuno.

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