La historia de las mujeres fue, a lo largo del tiempo, desgraciadamente invisibilizada, más aún si nos centramos en la historia de mujeres comunes, que forman parte de la microhistoria, cuya labor casi nunca se valora. Por eso, hicimos un viaje a Colunga, para conocer los testimonios rurales de este concejo donde el Ayuntamiento quiere reconocer y poner en valor unas vidas que no fue nada fácil y en la que tuvieron que vivir con varias cargas, solamente por el hecho de ser mujer.
Nos trasladamos hasta la parroquia de Lliberdón y allí conocimos los testimonios de mujeres rurales, que desde el inicio, aunque fuera una vida dura, mostraban nostalgia por tiempos anteriores en los que los productos eran mejores y actualmente solo quedan de aquello unas pocas cabezas de ganado que siguen manteniendo.
Sin embargo, la doble jornada a la que estaban obligadas era otra carga; además de trabajar día a día en un duro trabajo en el campo, su tarea no terminaba ahí, y al llegar a su hogar, la jornada se alargaba con las labores que había que hacer dentro de las paredes, en un contexto en el que estaba mal visto que las actividades de casa las hicieran los hombres.
Lamentan que aunque hubiera igualdad en muchas áreas, la vida en el campo nunca tuvo igualdad, algo que ejemplificaron con varias actividades que desarrollaban a lo largo de los días y que los hombres no desarrollaban en ningún momento. Una de ellas tenía que dejar de segar en la tierra para volver a casa y hacer la comida, fregar el suelo de rodillas, ir a buscar el agua… Su doble jornada hacía incluso que estas mujeres tuvieran que caminar hasta el lavadero.
Ese lavadero todavía sigue en pie. Tardaban treinta minutos en llegar para lavar la ropa, de lo que destacan el esfuerzo que había que hacer para volver con la ropa mojada a casa. Cuando iban a la escuela, tenían que hacer recados al volver a casa. En la tarea de las romerías, a las que estas mujeres nunca faltaban, ellas eran siempre las que aportaban los cantares, pero instrumentos musicales como las gaitas estaban reservados para los hombres, mientras que ellas desarrollaban la música de las panderetas.
Pero, además de esta doble jornada, hay otras cuestiones que afectaban a las mujeres, como la imposibilidad de ir a la escuela y formarse. La mujer, situada en una situación patriarcal, tenía que asumir el rol de hacer los cuidados de la casa desde joven, aprendiendo de la madre, por lo que ir a clase no era algo muy común en ellas.
Al salir de la doble jornada a la que se enfrentaban a diario, y hablando en general de las tareas que se hacían en el mundo rural como hacer madreñas o incluso afilar la guadaña, comentan con nostalgia que las tradiciones van, poco a poco, perdiéndose en el paso inevitable del tiempo. Algo muy importante que también señalaban era el miedo con el que iban en el cuerpo cuando llegaban a una ciudad como Gijón u Oviedo, en la que tenían miedo de hablar en asturiano por los prejuicios que pudiera tener la gente urbana.
Nos despedimos de Ofelia, Violeta, Nedi y Leni Cangas Collado y Virginia Collado Valle, con la tranquilidad que muestran estas mujeres de que hay relevo generacional en este pueblecito, pese a la falta de juventud en los pueblos, y que, además, es por motivación propia y no por necesidad, aunque denuncian la precariedad y el olvido del campo. La vida en el campo es esencial, pero más aún el papel de la mujer. Sin su trabajo, el mundo rural muere.


