Era muy importante no ser reconocidos al principio. Al acabar el día, en el hogar les esperaba una comida especial con buenas fabes, garbanzada y lo más importante: frixuelos, sin duda el plato estrella del antroxu.

El martes de antroxu, volvían las mascaradas también con una buena comida al atardecer que invierte la persistente y obligada vida ascética de los campesinos en cuanto a la comida. En el Antroxu hay comilonas a mansalva y se come lo mejor y más valorado de la casa. No en vano, sabemos que en asturiano antroxar significa que, además de «correr l’antroxu», «comer en abundancia».

Pero esta interesante inversión de roles no es solo para la comida. Al antroxarse, los participantes disimulaban y cambiaban de identidad y el rol (de género, de poder, de prestigio…), y mostraban un rechazo al orden establecido socialmente cambiando de sitio las portillas, los aperos, los carros…

El Antroxu se convierte en una fiesta transgresora en la que los papeles sociales se juegan y son variables. Todos podemos someternos a las reglas del juego del disfraz, de la transgresión festiva. Un tiempo extraordinario en el que lo cotidiano suspende temporalmente sus normas y lo imposible se hace realidad. La fiesta del Antroxu es un espacio de libertad donde la risa, la sátira y la crítica social encuentran su lugar, una válvula de escape que las comunidades rurales asturianas supieron mantener viva a través de los siglos.

Procedencia Este artículo se publicó en la revista ViaxAst 13 (página 22).