En el interior de Asturies, lejos de los núcleos urbanos de Xixón, Uviéu y Avilés y de las rutas turísticas más transitadas, A Paicega se presenta hoy como un espacio que transita entre lo que fue y lo que aún permanece en pie. Lo que en otro tiempo fue una pequeña comunidad rural activa, es ahora un lugar marcado por la despoblación, donde la historia no se cuenta en museos, sino en casas vacías y ruinas.

A mediados del siglo XX, la construcción de la presa de Salime —una de las mayores obras hidráulicas de Europa en su momento— movilizó a miles de personas. Más de 2.000 trabajadores participaron en el proyecto, muchos de ellos instalados en poblados creados específicamente para la obra. Entre esos asentamientos, A Paicega fue uno de los más importantes. Durante aproximadamente una década, llegó a funcionar como un núcleo plenamente equipado: viviendas, escuela, cantina, peluquería e incluso servicios propios que permitían sostener la vida cotidiana en un entorno aislado. No era un campamento provisional, sino una comunidad organizada en torno al trabajo, con familias enteras viviendo allí mientras avanzaba la construcción de la presa.

En 1955, con la inauguración del embalse, la función de A Paicega desapareció de forma casi inmediata. Los trabajadores se marcharon y el poblado quedó vacío. El abandono fue total. Lo que había sido un núcleo con actividad constante durante años quedó reducido a estructuras sin uso. Hoy, el lugar presenta un estado de ruina avanzada: muros en pie, restos de viviendas y elementos dispersos que permiten reconstruir mentalmente cómo fue la vida allí. El contraste es evidente: de una comunidad dinámica a un espacio deshabitado en cuestión de años.

Una vida nueva para A Paicega

A pesar del deterioro, A Paicega conserva elementos clave de su pasado. El más significativo es la iglesia, dedicada a la Virgen de la Luz, que se mantiene en pie desde su consagración en 1948 y está siendo objeto de iniciativas de rehabilitación. También persisten restos de infraestructuras asociadas a la obra, como el antiguo teleférico que transportaba materiales a lo largo de decenas de kilómetros, una solución técnica que evitaba las dificultades de acceso por carretera. El resto del poblado se presenta como un conjunto fragmentado: cimientos, paredes, ventanas sin cristal y estructuras que apenas sugieren la forma original de los edificios.

En la actualidad, A Paicega ha adquirido un nuevo significado. Forma parte de una ruta de senderismo señalizada que parte de Pesoz y conduce hasta el antiguo poblado, convertido ahora en punto de interés histórico y paisajístico. El lugar destaca también por su mirador, desde el que se obtienen vistas privilegiadas del cañón del río Navia y del embalse de Salime, uno de los más extensos de Asturias. Este cambio de función —de espacio habitado a recurso turístico— refleja una tendencia más amplia: la reutilización del patrimonio industrial como elemento cultural y turístico.

Hoy, A Paicega no tiene habitantes. Según los registros, cuenta con cero viviendas activas y ninguna residencia permanente. Sin embargo, conserva algo más difícil de cuantificar: la memoria de un momento histórico en el que el progreso industrial redefinió el territorio y la vida de quienes lo habitaron. Caminar entre sus ruinas no es solo recorrer un espacio abandonado, sino reconstruir una historia reciente: la de una comunidad efímera, levantada por la necesidad y desaparecida cuando dejó de ser útil.